II Samuel 18.
La historia completa se encuentre en los capítulos 13 al 19.1 David entonces reunió a los hombres que estaban con él y nombró generales y capitanes para que los dirigieran.2 Envió las tropas en tres grupos: un grupo bajo el mando de Joab; otro bajo el mando del hermano de Joab, Abisai hijo de Sarvia; y el tercero bajo Itai de Gat. Entonces el rey les dijo a sus tropas: —Yo iré con ustedes.3 Pero sus hombres se opusieron terminantemente e insistieron: —No debe ir. Si tenemos que salir en retirada y huir, aunque maten a la mitad de nosotros no cambiaría nada para las tropas de Absalón; es a usted al que buscan. Usted vale por diez mil de nosotros. Es mejor que se quede aquí en la ciudad y nos envíe ayuda si la necesitamos.4 —Si ustedes piensan que ese es el mejor plan, lo seguiré —respondió el rey. De modo que se quedó al lado de la puerta de la ciudad mientras las tropas marchaban en grupos de cientos y de miles.5 Entonces el rey les dio esta orden a Joab, a Abisai y a Itai: —Por consideración a mí, traten con bondad al joven Absalón. Y todas las tropas escucharon que el rey daba esta orden a sus comandantes.6 Así que comenzó la batalla en el bosque de Efraín,7 y los hombres de David rechazaron los ataques de las tropas israelitas. Aquel día hubo una gran matanza, y veinte mil hombres perdieron la vida.8 La batalla se extendió con furor por todo el campo, y perecieron en el bosque más hombres que los que murieron a espada.9 Durante la batalla, Absalón se cruzó con algunos hombres de David. Trató de escapar en su mula, pero al pasar cabalgando debajo de un gran árbol, su cabello se enredó en las gruesas ramas. La mula siguió y dejó a Absalón suspendido en el aire.10 Entonces uno de los hombres de David vio lo que había pasado y le dijo a Joab: —Vi a Absalón colgando de un gran árbol.11 —¿Qué? —preguntó Joab—. ¿Lo viste ahí y no lo mataste? ¡Te hubiera recompensado con diez piezas de plata y un cinturón de héroe!12 —No mataría al hijo del rey ni por mil piezas de plata —le respondió el hombre a Joab—. Todos escuchamos lo que el rey les dijo a usted, a Abisai y a Itai: “Por consideración a mí, por favor, perdonen la vida del joven Absalón”.13 Si yo hubiera traicionado al rey y matado a su hijo —y de seguro el rey descubriría quién lo hizo—, usted sería el primero en abandonarme a mi suerte.14 —Basta ya de esta tontería —dijo Joab. Enseguida Joab tomó tres dagas y las clavó en el corazón de Absalón mientras estaba colgado, todavía vivo, del gran árbol.15 Luego diez jóvenes escuderos de Joab rodearon a Absalón y lo remataron.16 Entonces Joab hizo sonar el cuerno de carnero, y sus hombres regresaron de perseguir al ejército de Israel.17 Arrojaron el cuerpo de Absalón dentro de un hoyo grande en el bosque y encima apilaron un montón de piedras. Y todo Israel huyó a sus hogares.18 Mientras aún vivía, Absalón se había erigido a sí mismo un monumento en el valle del Rey, porque dijo: «No tengo hijo que perpetúe mi nombre». Le puso al monumento su propio nombre, y es conocido como el monumento de Absalón hasta el día de hoy.19 Después Ahimaas, hijo de Sadoc, dijo: —Déjeme ir corriendo para darle al rey las buenas noticias: que el Señor lo ha librado de sus enemigos.20 —No —le dijo Joab—, no serían buenas noticias para el rey saber que su hijo está muerto. Puedes ser mi mensajero otro día, pero hoy no.21 Entonces Joab le dijo a un etíope: —Ve a decirle al rey lo que has visto. El hombre se inclinó y se fue corriendo.22 Pero Ahimaas continuó rogándole a Joab: —Pase lo que pase, por favor, deje también que yo vaya. —¿Para qué quieres ir, hijo mío? —le respondió Joab—. No habrá recompensa por las noticias.23 —Estoy de acuerdo, pero igual permítame ir —le suplicó. Joab finalmente le dijo: —Está bien, puedes ir. Entonces Ahimaas tomó el camino más fácil por la llanura y corrió a Mahanaim y llegó antes que el etíope.24 Mientras David estaba sentado entre las puertas internas y externas de la ciudad, el centinela subió al techo de la entrada de la muralla. Cuando se asomó, vio a un solo hombre que corría hacia ellos.25 Desde arriba le gritó la novedad a David, y el rey respondió: —Si está solo, trae noticias. Al acercarse el mensajero,26 el centinela vio que otro hombre corría hacia ellos. Gritó hacia abajo: —¡Allí viene otro! El rey respondió: —También trae noticias.27 —El primer hombre corre como Ahimaas, hijo de Sadoc —dijo el centinela. —Él es un buen hombre y trae buenas noticias —respondió el rey.28 Ahimaas le gritó al rey: —¡Todo está bien! Se inclinó delante del rey rostro en tierra y dijo: —Alabado sea el Señor su Dios, quien ha entregado a los rebeldes que se atrevieron a hacerle frente a mi señor el rey.29 —¿Qué me dices del joven Absalón? —preguntó el rey—. ¿Está bien? —Cuando Joab me dijo que viniera, había una gran conmoción —contestó Ahimaas—, pero no supe lo que pasaba.30 —Espera aquí —le dijo el rey. Y Ahimaas se hizo a un lado.31 Enseguida el etíope llegó y le dijo: —Tengo buenas noticias para mi señor el rey. Hoy el Señor lo ha librado de todos los que se rebelaron en su contra.32 —¿Qué me dices del joven Absalón? —preguntó el rey—. ¿Se encuentra bien? Y el etíope contestó: —¡Que todos sus enemigos, mi señor el rey, ahora y en el futuro, corran con la misma suerte de ese joven!33 Entonces el rey se sintió abrumado por la emoción. Subió a la habitación que estaba sobre la entrada y se echó a llorar. Y mientras subía, clamaba: «¡Oh, mi hijo Absalón! ¡Hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Si tan solo yo hubiera muerto en tu lugar! ¡Oh Absalón, mi hijo, mi hijo!».https://www.bibliatodo.com/la-biblia/Nueva-traduccion-viviente/2samuel-18
Alta traición.
Todo comenzó mucho antes de las revueltas, con una herida familiar mal cerrada. Amnón, el primogénito de David, cometió un acto atroz contra Tamar, hermana de Absalón. El rey David se enojó, pero no tomó medidas disciplinarias reales. Absalón, guardando un rencor helado durante dos años, organizó un banquete para emboscar y asesinar a Amnón. Tras el crimen, huyó al exilio, de donde regresó años después gracias a las gestiones del general Joab, aunque el distanciamiento con su padre seguía intacto.
Una vez en Jerusalén, Absalón comenzó a tejer su venganza política con una paciencia felina. Todas las mañanas se paraba a las puertas de la ciudad, interceptaba a los ciudadanos que venían a pedir justicia y socavaba la figura de su padre. Les decía que sus causas eran justas pero que el rey no tenía tiempo para ellos, suspirando que, si a él lo pusieran por juez, haría justicia a todos. Con abrazos falsos y besos calculados, la Biblia dice que "robó el corazón de los hombres de Israel".
Cuando sintió que tenía suficiente respaldo, dio el golpe maestro. Pidió permiso para ir a Hebrón bajo una excusa religiosa y, una vez allí, desató la insurrección. Una red de espías proclamó su nombre por todas las tribus y la conspiración cobró tal fuerza que el reino entero parecía volcarse a sus pies.
La noticia llegó a Jerusalén como un rayo. David comprendió que no había tiempo para fortificarse y tomó una decisión desgarradora: huir. El gran rey, el guerrero que había derrotado a gigantes, salió de su palacio a pie, con los pies descalzos, la cabeza cubierta y las lágrimas surcando su rostro, cruzando el torrente de Cedrón mientras su gente lo seguía con el corazón en un puño.
Absalón entró triunfante a la capital y tomó posesión del trono. Para marcar un punto de no retorno y pisotear la dignidad de su padre ante los ojos de todo el pueblo, siguió el consejo de los traidores y se llegó a las concubinas de David en la azotea del palacio.
Poco después, se discutió el destino del rey fugitivo. El estratega Ahitofel aconsejó perseguir a David esa misma noche con un comando rápido para matarlo únicamente a él y evitar una masacre general. Pero el destino jugó a favor de David cuando Absalón escuchó a otro consejero que recomendaba reunir a todo el ejército de Israel para aplastarlo con abrumadora superioridad. Esa vacilación fue su sentencia de muerte, dándole a David el tiempo crucial para cruzar el Jordán y reagruparse. Al ver que su consejo había sido descartado, Ahitofel regresó a su casa y se ahorcó.
El choque final ocurrió en el espeso bosque de Efraín. Las tropas veteranas de David destrozaron a las fuerzas rebeldes en una carnicería donde el bosque cobró más vidas que las propias espadas.
En su huida, Absalón cabalgaba velozmente cuando su abundante y famosa cabellera quedó atrapada en las ramas bajas de una gran encina. La mula siguió su camino y el príncipe quedó colgando en el aire, suspendido entre el cielo y la tierra. Un soldado vio la escena y corrió a avisarle a Joab, quien, sin importarle las órdenes de clemencia que David había dado, clavó tres dardos en el corazón del joven rebelde y dejó que sus hombres lo remataran. Su cuerpo fue arrojado a una fosa profunda y sepultado bajo un promontorio de piedras.
Mientras tanto, en la retaguardia, David esperaba con el alma en vilo. Cuando el mensajero llegó con la noticia de la victoria, la única pregunta del monarca rompió el silencio de la guerra: «¿El joven Absalón está bien?».
Al enterarse de que su hijo había muerto, el rey sufrió un derrumbe emocional devastador. Subió a la cámara sobre la puerta de la ciudad y lloró con un grito que aún resuena en la historia: «¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién te diera a ti por muerto, mi hijo Absalón, hijo mío, hijo mío!».
La gran victoria militar se transformó en un funeral sombrío. El ejército, que venía de jugarse la vida para salvar el pellejo del rey y rescatar la nación, tuvo que entrar a escondidas a la ciudad, cabizbajos y avergonzados, porque el hombre por el que habían arriesgado todo los ignoraba por completo, consumido por el dolor de llorar al traidor que había intentado matarlo.
Fue entonces cuando Joab, con la crudeza fría del soldado viejo, cruzó la puerta y enfrentó al rey sin filtros. Le reclamó que había cubierto de vergüenza a quienes lo habían salvado a él, a sus esposas y a sus hijas, demostrando con sus lágrimas que preferiría ver muertos a todos sus fieles si con eso revivía a su enemigo. Le advirtió que, si no se ponía de pie de inmediato para hablar al corazón de su gente, esa misma noche se quedarían solos y sufrirían una catástrofe peor que todas las desgracias de su juventud.
David entendió el mensaje. Secó sus lágrimas, tragó su dolor de padre y salió a sentarse a la puerta de la ciudad, devolviéndole la mirada y la gratitud a un ejército que se había negado a dejarlo caer.
El amor inefable de Dios
¿Cuántas veces le hemos fallado a Dios? No somos los mejores, los santos o los justos. Somos ese hijo maleducado que reclama, exige, desobedece, averguenza y traicona.
La tragedia de David y Absalón nos muestra que las batallas más difíciles nunca se libran en los campos de guerra, sino en los laberintos del corazón humano. Nos recuerda que el poder corrompe y ciega, pero que el amor de un padre —incluso cuando se dirige a quien lo ha traicionado— es un abismo tan profundo que puede desafiar a la lógica y a la justicia misma. Al final, la historia deja una lección dolorosa: la ambición desmedida siempre devora a quienes la alimentan, y la vida exige el valor no solo de sobrevivir a las catástrofes, sino de levantarse a sanar a quienes se jugaron la vida por nosotros, aun cuando el alma esté rota.
Señor, gracias porque jamás abandonas al que has elegido.
No solicitas nada de nosotros que no podamos hacer.
Lo haces todo por nosotros.
Escoges lo débil para glorificarte. Apartas al menospreciado para demostrar tu amor.
Nuestra naturaleza es aferrarnos al pasado para escribir el presente; sin embargo, nos pides avanzar. Nos pides avanzar, pero no en solitario.
Porque a tu lado, cada paso y cada movimiento es seguro.
Como movimiento lasallista, lo débil de nosotros se vuelve fortaleza. Solo cuando te seguimos.
Señor, gracias.
Viva Jesús en nuestros corazones. ¡Por siempre!