Jeremías 31:1-7.
1El Dios de Israel declara:«El día que vuelvan de Babilonia, yo seré el Dios de todos los israelitas, y ellos serán mi pueblo.
2»Cuando andaban por el desierto, yo les demostré mi gran amor. A los que no murieron en la guerra, los hice descansar.
3-4 Hace mucho, mucho tiempome aparecí ante ellos y les dije: “Pueblo de Israel, siempre te he amado, siempre te he sido fiel. Por eso nunca dejaré de tratarte con bondad. Volveré a reconstruirte,y volverás a danzar alegremente, a ritmo de panderetas.
5En las colinas de Samariavolverás a plantar viñedos,y disfrutarás de las uvas.
6Muy pronto los guardias gritaránpor las colinas de Efraín:‘¡Vengan, vayamos a Jerusalén,y adoremos a nuestro Dios!’”»
7El Dios de Israel dice:«¡Canten alegres, israelitas!¡Ustedes son los más importantesentre todas las naciones!En sus alabanzas canten:“¡Tú, Dios nuestro, nos salvaste!¡Salvaste a los pocos israelitasque aún quedábamos con vida!”
Amor eterno: votos e infidelidad
Había una vez un poderoso Señor que adoptó a una joven nación que vagaba errante y destruida en el desierto. Él la rescató, lavó sus vestiduras y juró ser su Dios y Protector. Le dio un nombre de honra: La Hija de su Pacto.
Sin embargo, a lo largo de los años, la joven le fue infiel una y otra vez. Abandonaba la casa de su Señor para ir tras amadores falsos, entregando su corazón a ídolos paganos y buscando su propia satisfacción en el pecado. Creyó que podía vivir lejos de la presencia de su Señor.
Por causa de su justicia perfecta, el Señor no podía dejar impune el pecado. Entregó a la joven al cautiverio y a la disciplina. Permitió que fuera llevada a una tierra lejana, donde experimentó la amargura de su propia rebelión, la desnudez y el dolor del castigo. El castigo fue severo, pero no para destruirla, sino para hacerle ver la vacuidad de sus ídolos.
En medio de la noche más oscura de su cautiverio, cuando ella ya no tenía mérito alguno ni fuerza para levantarse, el Señor se le apareció desde lejos.
Ella esperaba escuchar una sentencia de condena eterna, pero el Señor le habló con una voz que quebrantó los cielos:
—“Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia. Aún te edificaré, y serás edificada, oh virgen. Volverás a tomar tus panderos y saldrás en alegres danzas”.
La joven no había hecho nada para merecer ese perdón. No había pagado su deuda ni reconstruido su vida por sus propios medios. Fue la iniciativa soberana del Señor la que fue a buscarla al desierto del castigo.
El Señor la tomó de la mano, la trajo de regreso a las colinas de su hogar y declaró: “Plantaréis viñas y disfrutaréis de su fruto. Porque habrá un día en que los guardias clamarán en los montes: ¡Levantaos, y subamos a Sion, al Señor nuestro Dios!”.
Aquel día, la joven comprendió que su rescate no comenzó cuando ella decidió volver, sino en el amor eterno de un Dios que la amó desde antes de la fundación del mundo, que la disciplinó en su justicia y la atrajo eficazmente hacia Él por su pura gracia.
Señor, gracias porque jamás abandonas al que has elegido.
No solicitas nada de nosotros que no podamos hacer.
Lo haces todo por nosotros.
Escoges lo débil para glorificarte. Apartas al menospreciado para demostrar tu amor.
Nuestra naturaleza es aferrarnos al pasado para escribir el presente; sin embargo, nos pides avanzar. Nos pides avanzar, pero no en solitario.
Porque a tu lado, cada paso y cada movimiento es seguro.
Como movimiento lasallista, lo débil de nosotros se vuelve fortaleza. Solo cuando te seguimos.
Señor, gracias.