SOFONÍAS 3:17-20 RVR1960
Jehová está en medio de ti, poderoso, él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos. Reuniré a los fastidiados por causa del largo tiempo; tuyos fueron, para quienes el oprobio de ella era una carga. He aquí, en aquel tiempo yo apremiaré a todos tus opresores; y salvaré a la que cojea, y recogeré la descarriada; y os pondré por alabanza y por renombre en toda la tierra. En aquel tiempo yo os traeré, en aquel tiempo os reuniré yo; pues os pondré para renombre y para alabanza entre todos los pueblos de la tierra, cuando levante vuestro cautiverio delante de vuestros ojos, dice Jehová.
Amor extraño.
Era muy tarde en la noche en la zona 18 de la ciudad de Guatemala. Una niña está inquieta en su cama. Un hombre, con una mirada severa y cruel, entró furtivamente a su cuarto y suavemente se acercó a su cama. El momento en que la niña lo miró, una terrible apariencia transformó su rostro, y comenzó a gritar. Su madre corrió a la habitación y se aproximó a la niña. Y la niña temblorosa le echó los brazos alrededor de su madre.
El hombre se fue al teléfono, llamó a alguien que evidentemente era su cómplice, y en una voz muy suave hizo alguna clase de arreglo. Rápidamente el hombre regresó a la alcoba, arrebató la niña de los brazos de su madre, y corrió hacia un carro que lo esperaba. La niña estaba llorando y él trató de calmarla. Él manejó locamente de calle en calle hasta que finalmente se estacionó frente a un edificio grande, siniestro y con apariencia de malos presagios. Todo estaba en silencio, el edificio estaba parcialmente oscuro, pero uno de los cuartos de arriba estaba ampliamente iluminado.
La niña fue llevada rápidamente al cuarto iluminado, y puesta en las manos del hombre con quien la conversación se había hecho por teléfono. A su vez, la niña fue entregada a otro cómplice —esta vez una mujer— y estos dos la llevaron a un cuarto interior. El hombre que la había traído se quedó afuera en el pasillo. Mientras tanto en el cuarto aquel hombre introdujo un reluciente y afilado bisturí en las partes vitales de aquella niñita, y ella estaba tendida como muerta.
El bisturí del Padre: ¿Qué tan duro es el amor de Dios?
Vivimos en una cultura que nos ha vendido una mentira muy peligrosa: "Si Dios te ama, todo debe ser fácil; si te duele, entonces es malo o Dios te abandonó".
Medimos el amor por la ausencia de fricción, por la comodidad y por las palmaditas en la espalda. Por eso, cuando nos enfrentamos a una temporada de prueba, a una ruptura dolorosa, a la soledad, a la pérdida de un sueño, o cuando Dios pone al descubierto un pecado oculto en nuestro corazón, nuestra reacción inmediata es la misma que la de la niña: entrar en pánico, asustarnos y pensar que Dios está siendo cruel con nosotros.
La niña no entendía por qué su padre la sacaba a la fuerza de su cama caliente. Ella solo sentía miedo y dolor. Muchas veces, Dios tiene que sacarnos a empujones de lugares, relaciones o hábitos donde pensábamos que estábamos seguros, pero que en realidad nos estaban destruyendo el alma.
Cuando Dios usa el bisturí
Aquí es donde la verdadera fe madura: Dios no nos ama solo con abrazos; a veces nos ama con bisturís.
El bisturí es frío, corta y duele. A nadie le gusta pasar por el fuego de la corrección, la disciplina o el quebrantamiento. Duele en el orgullo, duele en los planes y duele en las emociones. Pero un cirujano jamás corta por placer; corta porque hay un tumor, una infección o un virus mortal que terminará matando al paciente si no se actúa de inmediato.
El Padre celestial nos ama tanto que prefiere vernos llorar temporalmente bajo Su proceso de restauración, antes que dejarnos morir en nuestros propios deleites y caminos equivocados. Él no comete errores con el bisturí de su soberanía.
Señor, gracias porque jamás abandonas al que has elegido.
No solicitas nada de nosotros que no podamos hacer.
Lo haces todo por nosotros.
Escoges lo débil para glorificarte. Apartas al menospreciado para demostrar tu amor.
Nuestra naturaleza es aferrarnos al pasado para escribir el presente; sin embargo, nos pides avanzar. Nos pides avanzar, pero no en solitario.
Porque a tu lado, cada paso y cada movimiento es seguro.
Como movimiento lasallista, lo débil de nosotros se vuelve fortaleza. Solo cuando te seguimos.
Señor, gracias.